25/6/08

"Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal" (Steven Spielberg, 2008)

Supongo que como la mayoría de vosotros, me planté ante la pantalla del cine con una mezcla de excitación y temor. Lo primero, porque el señor Spielberg ha tardado 19 años en volver a ofrecernos otra aventura del carismático Dr. Jones. Y lo segundo, por el aciago recuerdo de lo perpretado por el señor Lucas con la segunda trilogía de las galaxias. Pero todo desapareció tan pronto como las luces de la sala se apagaron y comenzó la película, porque por suerte, Spielberg es infinitamente mejor director que Lucas, aunque a este último le debamos pleitesía por sus grandes ideas.


La primera imagen de la película es toda una declaración de intenciones. Esa montaña del logotipo de la Paramount, convertida en icono del universo Indiana Jones desde 1981 por En busca del arca perdida, se transmuta en un divertido guiño y en un aviso para los fans de la saga: Spielberg saca al personaje del pedestal en el que la historia del cine lo había colocado y nos invita a divertirnos de nuevo con él, a que le perdamos el respeto que como clásico merece y a que recordemos el humor y la ironía que trufaban las aventuras que nos hicieron amar la saga.
A partir de aquí, todo es puro goce cinematográfico. Acción, aventuras y humor. Todo encaja con precisión, como en la maquinaria de un reloj suizo, porque si Eastwood es el último de los directores clásicos, Spielberg es el mejor de los neoclásicos y controla en todo momento el tempo del espectador. Sólo un ejemplo, fijáos en la presentación de Indy: primero vemos el sombrero (otro icono), luego al hombre que es arrojado al suelo y, por último, vemos, a través de su sombra, cómo se yergue y se cala el sombrero mientras de fondo suena el Raiders March del maestro Williams. El héroe a vuelto. Si eso no es cine clásico, que baje Dios y lo vea.
Por no hablar de la entrada de Henry Jones III, que emerge entre las brumas de un tren sobre una moto emulando al Marlon Brando de Salvaje. ¿Se puede decir más de un personaje con tan sólo una imagen? A eso le llamo yo economía narrativa, una asignatura que muchos directores actuales tienen pendiente.










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En resumen, que supongo que todos la habéis visto y no es cuestión le alargarse en demasía, 123 minutos en los que vemos a Indy descubrir el secreto que se oculta tras las construcciones mayas, mientras se enfrenta a la madurez y a una paternidad inesperada. No era fácil el reto que tenían ante sí Spielberg y Harrison Ford, mostrar a un héroe maduro, que por fuerza ha de sufrir los estragos del paso del tiempo y no sólo en el plano físico. Este Indy es un héroe cansado y mosqueado con un gobierno que, tras los servicios prestados, es capaz de incluirlo en una lista negra que le impide dar clase en la universidad. El mismo gobierno que realiza pruebas nucleares en suelo americano (resulta simbólico ver cómo se desintegra ese idílico pueblo digno de todo sueño americano y no lo es menos la imagen del héroe frente al hongo atómico), oculta pruebas de la existencia de vida alienígena (la conexión Roswelliana es evidente) y hostiga, vía FBI, al condecorado coronel Jones, hasta que este decide emigrar a Europa con la esperanza de poder impartir clases en Leipzig. Estamos en 1957, y tanto Indiana Jones como los Estados Unidos han perdido su inocencia. Y sin embargo, gracias al saber hacer de Spielberg, todo este contexto fluye de manera natural, sin lastrar en ningún momento la aventura, ni perder de vista que como buen film ideado para todos los públicos, debe tener dos niveles de lectura, uno sencillo para que los más pequeños disfruten con la aventura y otro, para que los adultos no se aburran entre persecución y persecución.

En fin, larga vida a Spielberg y a ese impagable Harrison Ford, otro clásico que hace bueno aquello de “quien tuvo retuvo”. Estupendo también reencontrar a Marion Ravenwood (Karen Allen), la mejor de todas las chicas Jones, y muy bien también Shia LaBeouf como pendenciero retoño del aventurero. Y por último, Cate Blanchett, limitada y encarcarada en su papel de Irina Spalko, a la que Spielberg convierte en una nueva Eva, castigada como aquella por querer acceder al conocimiento. “Quiero saber, quiero saber”, repite a modo de mantra la pobre Irina mientras el cabrón del alienígena le quema los ojos. No, si al final resultará que la mujer está condenada a la ignorancia hasta el infinito y más allá. Menos mal que sólo es una peli de aventuras y, como el resto de su trama, no hay que tomársela en serio.

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