Ya va quedando menos para el estreno de la esperadísima, y vapuleadísima desde el momento en que se puso en marcha, nueva película de Woody Allen, "Vicky Cristina Barcelona". Al margen de su resultado, "Vicky Cristina Barcelona" se debe celebrar de la misma manera que, hace unos años, celebramos las películas de Almodóvar y de Tom Tykwer y como celebraríamos, si fuéramos más humildes y menos cursis, el abundante cine pornográfico que se ha rodado en esta ciudad y que durante tanto tiempo ha sido la única industria cinematográfica que hemos tenido.
Porque Barcelona no existió en el siglo XX como sí existió Nueva York, París o Los Ángeles. Londres también existió pero no Barcelona. Barcelona no existió porque nunca fue el escenario de nada. Y nunca fue un escenario porque quienes debían poner el dinero para que así fuera prefirieron invertirlo en el teatro, en la arquitectura o en la música, antes que en ese entretenimiento de la clase baja que siempre fue el cine. ¡Qué analfabetos y anacrónicos fueron los mecenas catalanes!.
"Vicky Cristina Barcelona" hablará de la ciudad a través de sus rincones. También el cine porno lo hizo, al margen de su calidad. "Barcelona Sex Secrets", por ejemplo, incluye imágenes de Montjuïc, el Paralelo, el puerto, la Via Laietana y el Born. Pero, sobre todo, muestra a un puñado de gente follando gozosamente. Lo que películas como "Barcelona Sex Secrets" demuestran es que en Barcelona suceden cosas (¡y en esta película en concreto, cosas que no están mal!).
Animo a los profesionales y también a los amateurs a que, pertrechados con sus cámaras y sus equipos, tomen las calles de Barcelona, todas las calles, especialmente las alejadas de la órbita gaudiana, y hagan películas en ellas, películas que cuenten cosas. Porque sus relatos construirán Barcelona y así ocurrirá que no solo los gabinetes de arquitectos la construirán. Porque la ficción es necesaria porque construye la realidad.
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