25/6/08

En la muerte de Minghella, Widmarck y Heston


Parece que de un tiempo a esta parte, la señora de la guadaña está haciendo limpieza y no tiene miramientos ni siquiera con las estrellas del Hollywood clásico, y no tan clásico.

El primero en pillar tan inesperado pasaporte fue Anthony Minghella, el director y guionista de El paciente inglés. Aquel melodrama apasionado que arrasó en los Oscar de 1996 y catapultó a la fama a ese actorazo llamado Ralph Fiennes. Y aunque no volvió a repetir aquel éxito, consiguió que Matt Damon y Jude Law cantaran a dúo un nada desdeñable Tu Vuo' Fa l'Americano, en El talento de Mr. Ripley.

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Le siguió, no mucho después, el siempre discreto e impagable Richard Widmark.

Sus actuaciones a las órdenes de Hathaway, Fuller, Siodmak, Mankiewicz, Ford, Minnelli, Preminger, Daves o Kramer, entre otros, dejan patente que se trataba de un actor capaz de imbuir de credibilidad cualquier personaje. Y aunque para muchos siempre será aquel psicópata que arrojaba escaleras abajo a una anciana atada en su silla de ruedas mientras reía histéricamente en El beso de la muerte, yo prefiero recordarlo como el teniente incorruptible de Dos cabalgan juntos.

Una obra maestra, por mucho que su cascarrabias director afirmara (como recordaba Lluís Bonet Mojica en su obituario de La Vanguardia): “Llevo 50 años metido en esta maldita profesión y ¿cómo acabo? Dirigiendo a dos tipos (Widmark y Stewart) con peluquín que, encima, son sordos.” Pues bien, ambas estrellas, aún con peluca y sonotone, dan un recital interpretativo digno de ser revisitado.
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Y por último, el pasado fin de semana, se fue Charlton Heston.

Lo primero que me vino a la cabeza, fue lo difícil que lo iban a tener para cerrar el ataúd con la perra que tenía este hombre con su rifle. “Sólo lograrán arrancármelo de mi brazo frío y muerto”, dijo una vez de forma premonitoria. Pero aficiones fascistoides a parte, a Heston los héroes épicos le iban como anillo al dedo. Que se lo digan si no a mi abuela, que un día visionando El Cid se arrancó con un efusivo: “¡Para que luego digan que no hay actores guapos españoles!”. A mi objeción sobre su nacionalidad, me asestó un definitivo: “Quita, quita, ¡Cómo va a ser americano si es el Cid! ¿No ves lo bien que habla castellano?”. Pues eso.
Tampoco Lucas y Spielberg fueron inmunes a su carisma. Sólo teneis que echar un vistazo a El tesoro de los Incas para ver de quien copiaron la indumentaria y la pose que caracterizan a Indiana Jones. Y para terminar, a este hombre debemos la segunda cosa buena de cada Semana Santa (la primera son las vaciones, claro): volver a ver, año tras año, esa joya del cine de aventuras que es Ben-Hur.
A todos ellos, gracias por los buenos ratos que nos sigue proporcionando vuestro trabajo.

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