Siempre he pensado que la realidad va demasiado deprisa y que para poder disfrutarla plenamente debería disponer de más tiempo y de más capacidad cerebral. No importa cuánto lea, cuánto estudie o cuánto vea, siempre queda algo fuera de mi alcance. Tal vez por eso me atraen tanto los personajes que poseen ambos dones, aunque la ficción siempre se encargue de recordarme que, lejos de ser un don, tener tiempo ilimitado y saber demasiado no siempre es una bendición. El último ejemplo de esta teoría con el que he disfrutado (por cortesía de Lengua Asesina) ha sido “Madrox: Elecciones múltiples”, un cómic creado por David, Raimondi, Hennessy y Reber. Su protagonista es Jamie Madrox, también conocido como Hombre Múltiple, fundador de la agencia de detectives X-Factor, y admirador de los Sam Spade y Philip Marlowe de los films noir de los años 40. Este mutante con la capacidad de multiplicarse, tiene además la afición de enviar a sus clones a viajar por el mundo a estudiar las cosas más variopintas para luego poder absorber sus conocimientos. Lo que el astuto Madrox no tardará en descubrir es que su afición le reportará más sinsabores que alegrías, porque como dicta la paradoja, un mayor conocimiento, lejos de reportarte seguridad, incrementa la duda y puede llegar a ser peligroso. A pesar de todo, yo sigo envidiando a mutantes, vampiros, inmortales, seres mitológicos o protagonistas de las fantasías futuristas de William Gibson o Philip K. Dick. Aunque a modo de advertencia recuerde lo que escribió otro Marlowe, en este caso Christopher Marlowe, allá por el siglo XVI, en “La trágica historia del doctor Fausto”. En ella, el ambicioso Fausto, cansado de no conseguir el conocimiento que ambiciona en el estudio, le vendía su alma a Lucifer a cambio de sabiduría y poder. Sus últimas palabras, cuando el Diablo fue a cobrarse su deuda, fueron: “¡Quemaré los libros!”. Pero ya era demasiado tarde.25/6/08
"Madrox: elecciones múltiples" (Peter David, 2007)
Siempre he pensado que la realidad va demasiado deprisa y que para poder disfrutarla plenamente debería disponer de más tiempo y de más capacidad cerebral. No importa cuánto lea, cuánto estudie o cuánto vea, siempre queda algo fuera de mi alcance. Tal vez por eso me atraen tanto los personajes que poseen ambos dones, aunque la ficción siempre se encargue de recordarme que, lejos de ser un don, tener tiempo ilimitado y saber demasiado no siempre es una bendición. El último ejemplo de esta teoría con el que he disfrutado (por cortesía de Lengua Asesina) ha sido “Madrox: Elecciones múltiples”, un cómic creado por David, Raimondi, Hennessy y Reber. Su protagonista es Jamie Madrox, también conocido como Hombre Múltiple, fundador de la agencia de detectives X-Factor, y admirador de los Sam Spade y Philip Marlowe de los films noir de los años 40. Este mutante con la capacidad de multiplicarse, tiene además la afición de enviar a sus clones a viajar por el mundo a estudiar las cosas más variopintas para luego poder absorber sus conocimientos. Lo que el astuto Madrox no tardará en descubrir es que su afición le reportará más sinsabores que alegrías, porque como dicta la paradoja, un mayor conocimiento, lejos de reportarte seguridad, incrementa la duda y puede llegar a ser peligroso. A pesar de todo, yo sigo envidiando a mutantes, vampiros, inmortales, seres mitológicos o protagonistas de las fantasías futuristas de William Gibson o Philip K. Dick. Aunque a modo de advertencia recuerde lo que escribió otro Marlowe, en este caso Christopher Marlowe, allá por el siglo XVI, en “La trágica historia del doctor Fausto”. En ella, el ambicioso Fausto, cansado de no conseguir el conocimiento que ambiciona en el estudio, le vendía su alma a Lucifer a cambio de sabiduría y poder. Sus últimas palabras, cuando el Diablo fue a cobrarse su deuda, fueron: “¡Quemaré los libros!”. Pero ya era demasiado tarde.
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