1/11/08

"DRACULA Y LAS MELLIZAS" (John Hough, 1971)

Tenía mucho interés en ver una película como "Drácula y las mellizas". Habían pasado muchos años desde la última vez que había visto una película de la Hammer que no estuviera firmada por mi admirado Terence Fisher. O sea, que quería comprobar a qué se debía el éxito de los clásicos Hammer: ¿a la mano de un magnífico cineasta o a un extraordinario diseño de producción?. Una película como "Drácula y las mellizas" demuestra que el mérito se debe a los dos. El experimento es sencillo: se pueden comparar las películas que dirigió Fisher con las que dirigieron otros dentro de la propia Hammer. Las hay excelentes, pero ninguna llegó a su altura: "A merced del odio", la trilogía sobre el doctor Quatermass, "Doctor Jekyll y su hermana Hyde", "El reptil", "Plague of the zombies" o "Capitán Kronos, cazador de vampiros". También se pueden comparar las películas que dirigió Fisher en la Hammer con las que dirigió para otras productoras. Su acercamiento al personaje de Sherlock Holmes, por ejemplo, es paradigmático: así como "El perro de Baskerville" es un film apasionante, la producción alemana "El collar de la muerte" no deja de ser anodina. En conclusión: las obras maestras de la productora son la suma de los talentos de Fisher y de su magnífico equipo. Las películas tardías de la Hammer, salvo alguna excepción, tienen mala prensa. La tiene, por ejemplo, "Drácula y las mellizas". Pero si uno se deja llevar por su sugestivo argumento y se olvida de los evidentes fallos que, en este caso, se deben a la realización de un John Hough emperrado en parecer moderno, el regocijo está garantizado. El paisaje de "Drácula y las mellizas" está poblado de fanáticos religiosos, crédulos campesinos, castillos, vampiras tetonas, bosques neblinosos y cementerios abandonados. No hay nada más moderno que eso, así que sobran los feos reencuadres y los histéricos zooms. Y si el guión de Tudor Gates es sugestivo, no lo es menos el diseño de producción, tan fascinante como siempre. En la Hammer, ya desde las seminales "La maldición de Frankenstein" y "Drácula", la sexualidad era el origen del horror y, curiosamente, estaba asociaba a una clase social aristócrata. Fue así durante años, pero el devenir de la sociedad y del propio cine hicieron que esa sexualidad se fuera haciendo cada vez más explícita. Por ejemplo, en "Drácula y las mellizas" se llega a ver un pepe al trasluz. Y escenas como la llegada de la revenant Karmilla hoy resultan divertidas por su ridiculez: el barón Karnstein se lo monta con Karmilla y, mientras le palpa una teta, la vampira masturba un cirio. Hay un puntito exploit en la Hammer de los años 70 que a algunos les resulta infumable pero que puede ser entrañable. Claro que, para puntito exploit, el título: el original es "Twins of Evil", pero los distribuidores españoles lo cambiaron para hacer la película más comercial olvidando que el guión se inspiraba en Le Fanu y no en Stoker. Hay que decir que la propia Hammer hizo algo parecido con la segunda película que Fisher dedicó a los vampiros. Y es que, en esto del cine, la gente es capaz de vender a su madre.

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