11/9/08

Clásicos de hoy y de siempre

UNA HISTORIA VERDADERA (David Lynch, 1999)

No voy a ser el primero en decirlo: "Una historia verdadera" no supone una ruptura con la anterior obra de Lynch, como así se quiso ver desde que se presentó en el festival de Cannes de 1999. Dicha visión la extendieron, por otra parte, los detractores del Lynch más manierista (el de "Carretera perdida" o "Twin Peaks: Fire walk with me", pongamos por caso), argumentando que si "Una historia verdadera" es, de sus películas, la más ajena a su universo se debe a que, por primera vez, filmó un guión en el que él no intervino. La regla de tres que proponen es sencilla: no deja de ser interesante que la que es –para muchos- su mejor película sea, al mismo tiempo, la menos personal. Lo cual es una falacia: el mismo Lynch no se cansó de decir que se enamoró profundamente de la historia de Alvin Straight y que es equivocado verle como el sempiterno poeta de lo oscuro (lo cierto es que no hacían falta esas declaraciones: basta recordar la inolvidable "El hombre elefante"). En pocas palabras: lo que pudo nacer como un encargo, Lynch lo asumió hasta la médula.

"Una historia verdadera" es una película de una sencillez compleja: muestra el viaje que efectúa un anciano, Alvin Straight, que, al enterarse de la enfermedad de su hermano, recorre 507 millas con el único medio de que dispone: su máquina cortacésped. Dicho motivo argumental da pie a que Lynch construya una película absorbente, sensitiva, de una atmósfera pregnante (amaneceres, crepúsculos, bosques y maizales, interminables carreteras... ; ayuda, y no poco, la labor del magnífico director de fotografía Freddie Francis así como el tapiz musical de Angelo Badalamenti y, como siempre, el magistral tratamiento del sonido que hace el autor). Para empezar, este rasgo emparenta "Una historia verdadera" con el resto de su obra: con seguridad, David Lynch es uno de los mayores creadores de atmósferas del cine actual. Pero la diferencia tonal que tanto le sorprendió a algunos es que esa atmósfera esté al servicio de una determinada sensibilidad que, vuelvo a repetir, Lynch no cultivaba desde "El hombre elefante". Hay que decirlo ya: se trata de una de las películas más emocionantes de la última década: recordar instantes como el movimiento de cámara final, una vez se ha reunido con su hermano, donde Lynch asciende literalmente al cielo; el travelling de acercamiento y el plano sostenido sobre el rostro de Alvin, cuando le comunican la enfermedad del hermano; o la secuencia en que, junto a una fogata, Alvin cuenta a la autoestopista embarazada cómo perdió su hija a sus hijos... Extraordinarias, inolvidables, son las actuaciones de Richard Farnsworth y Sissy Spacek. Y verdaderas. De esto es lo que nos habla la película: del discurrir de la vida, del tiempo añorado, todo con una sencillez y, al mismo tiempo, hondura, memorables. Y con tal intensidad, con tal sinceridad, que cuando finaliza te deja clavado en el sitio y con el pecho oprimido.

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