29/4/09

NOS HEMOS MUDADO A
UN LUGAR LLAMADO DESEO

¡¡NOS VEMOS ALLÍ!!

1/11/08

"DRACULA Y LAS MELLIZAS" (John Hough, 1971)

Tenía mucho interés en ver una película como "Drácula y las mellizas". Habían pasado muchos años desde la última vez que había visto una película de la Hammer que no estuviera firmada por mi admirado Terence Fisher. O sea, que quería comprobar a qué se debía el éxito de los clásicos Hammer: ¿a la mano de un magnífico cineasta o a un extraordinario diseño de producción?. Una película como "Drácula y las mellizas" demuestra que el mérito se debe a los dos. El experimento es sencillo: se pueden comparar las películas que dirigió Fisher con las que dirigieron otros dentro de la propia Hammer. Las hay excelentes, pero ninguna llegó a su altura: "A merced del odio", la trilogía sobre el doctor Quatermass, "Doctor Jekyll y su hermana Hyde", "El reptil", "Plague of the zombies" o "Capitán Kronos, cazador de vampiros". También se pueden comparar las películas que dirigió Fisher en la Hammer con las que dirigió para otras productoras. Su acercamiento al personaje de Sherlock Holmes, por ejemplo, es paradigmático: así como "El perro de Baskerville" es un film apasionante, la producción alemana "El collar de la muerte" no deja de ser anodina. En conclusión: las obras maestras de la productora son la suma de los talentos de Fisher y de su magnífico equipo. Las películas tardías de la Hammer, salvo alguna excepción, tienen mala prensa. La tiene, por ejemplo, "Drácula y las mellizas". Pero si uno se deja llevar por su sugestivo argumento y se olvida de los evidentes fallos que, en este caso, se deben a la realización de un John Hough emperrado en parecer moderno, el regocijo está garantizado. El paisaje de "Drácula y las mellizas" está poblado de fanáticos religiosos, crédulos campesinos, castillos, vampiras tetonas, bosques neblinosos y cementerios abandonados. No hay nada más moderno que eso, así que sobran los feos reencuadres y los histéricos zooms. Y si el guión de Tudor Gates es sugestivo, no lo es menos el diseño de producción, tan fascinante como siempre. En la Hammer, ya desde las seminales "La maldición de Frankenstein" y "Drácula", la sexualidad era el origen del horror y, curiosamente, estaba asociaba a una clase social aristócrata. Fue así durante años, pero el devenir de la sociedad y del propio cine hicieron que esa sexualidad se fuera haciendo cada vez más explícita. Por ejemplo, en "Drácula y las mellizas" se llega a ver un pepe al trasluz. Y escenas como la llegada de la revenant Karmilla hoy resultan divertidas por su ridiculez: el barón Karnstein se lo monta con Karmilla y, mientras le palpa una teta, la vampira masturba un cirio. Hay un puntito exploit en la Hammer de los años 70 que a algunos les resulta infumable pero que puede ser entrañable. Claro que, para puntito exploit, el título: el original es "Twins of Evil", pero los distribuidores españoles lo cambiaron para hacer la película más comercial olvidando que el guión se inspiraba en Le Fanu y no en Stoker. Hay que decir que la propia Hammer hizo algo parecido con la segunda película que Fisher dedicó a los vampiros. Y es que, en esto del cine, la gente es capaz de vender a su madre.

Melancolía

(Del lat. melancholĭa, y este del gr. μελαγχολíα, bilis negra).

1. f. Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada.

No sé a vosotros, pero a mí el otoño me sabe a melancolía. Se acabó el ‘dolce fare niente’ del estío, el levantarte contento porque sí, los días interminables y radiantes. Ahora tenemos crisis a todas horas. Nubarrones en el horizonte, económico y meteorológico. Ya ha llegado el primer resfriado. El cuerpo, desajustado y descolorido, necesita de algún suplemento vitamínico para resistir la interminable jornada laboral. Ya, ya sé que los bosques se pondrán preciosos y que los ‘boletaires’ se están poniendo las botas, pero a mí me mata ver como cada día se hace de noche antes y, para colmo, tengo que enfrentarme al cambio de armario. Pero entre tanta ofuscación he encontrado la banda sonora perfecta para serenar el ánimo y pasar mejor el trance, se llama “The Ghost that Carried Us Away” y es el último trabajo de los islandeses Seabear. Música intimista y reconfortante que a mi me recuerda mucho a Belle & Sebastian. Pura delicia.


Además han tenido la gentileza de colgar su primer trabajo, el EP “Singing Arc”, de 2004, que ellos mismos produjeron, en su web para que lo podáis descargar gratuitamente. Aquí os dejo el enlace: http://www.seabearia.com/mp3.html

19/10/08

"El tren de las 3:10" (James Mangold, 2007)

¿Qué necesidad hay de hacer un remake cuando no se tiene nada esencial que aportar a la versión original? Más aún, ¿qué es lo que anima a un director a enfrentarse a una nueva adaptación cuando el tiempo y la maestría del realizador original han convertido aquella obra en un clásico? ¿Prepotencia o ignorancia? Viendo “El tren de las 3.10” de James Mangold, me atrevo a afirmar que una mezcla de ambas. De nada sirven los mediocres resultados de directores como Gus Van Sant (“Psicosis”), Sydney Pollack (“Sabrina”), Tim Burton (“El planeta de los simios”), Peter Jackson (“King Kong”) y Andrew Davis (“Crimen Perfecto”), entre otros muchos. El Hollywood de hoy en día sigue empeñado en fagocitar el talento foráneo (de ahí tanto remake de éxitos asiáticos y algún que otro europeo) y en no respetar ni siquiera su patrimonio histórico. Y es que aunque las dos versiones de “El tren de las 3.10” estén basadas en la misma historia de Elmore Leonard, la distancia que separa la obra de Delmer Daves (de 1957), de la de James Mangold (de 2007), es la de dos concepciones del cine totalmente distintas. Que bien podría ser, para que todos nos entendamos, la diferencia que media entre un buen turrón artesano de jijona de los de toda la vida y una barrita de sabor turrón convenientemente deshidratada, baja en calorías, que dicen ayuda a mejorar el colesterol, el tránsito intestinal y hasta previene de la caída del cabello, de esas que tanto éxito tienen hoy en día, aunque uno ni le encuentre el sabor ni sea capaz de comprobar alguno de sus tan cacareados efectos beneficiosos. Pues eso, aquello que en Delmer Daves es intensidad, pulso narrativo y una cámara al servicio de unas interpretaciones preñadas de sutilezas ha sido convenientemente aligerado hasta convertir el matiz en trazo grueso. Ni rastro del duelo moral e interpretativo que protagonizaban un hombre bueno machacado por el destino que lucha por recuperar su dignidad (Van Heflin como Dan Evans) y un carismático forajido dispuesto a tentarle con las prebendas del lado oscuro (Glenn Ford como Ben Wade). La fascinante ambigüedad moral del mefistofélico Ben Wade desaparece totalmente en la interpretación del bruto Russell Crowe (que seguro aprendió a pintar viendo al Leonardo DiCaprio de “Titanic”). Algo mejor parado sale Christian Bale, aunque ni por asomo se acerca al portentoso trabajo realizado por Heflin. Medio siglo separa ambas películas. Medio siglo en el que el cine de los grandes estudios de Hollywood en vez de madurar se ha infantilizado. La primera es una obra de arte. La segunda, un producto sólo apto para aquellos que, en su ignorancia, aún siguen pensando que unos cuantos tíos a caballo pegando tiros hacen un western.

"VICKY CRISTINA BARCELONA" (Woody Allen, 2008)

Hacía tiempo que no se vertía tanta mierda sobre una película como en el caso de "Vicky Cristina Barcelona" y, de manera, además, tan injustificada. Haciendo abstracción de todo el circo mamarracho que le ha rodeado, la penúltima película de Woody Allen (con él siempre hay que hablar de la penúltima: la última se llama "Whatever works") se confirma como una obra interesante. "Vicky Cristina Barcelona" parece una obra menor pero no lo es en absoluto: pertenece a esa lista de películas que, como "Intervista" en la obra de Fellini, "Rapsodia en agosto" y "Madadayo"en la de Kurosawa o "El romance de Astrea y Celadón" en la de Rohmer, engañan por su apariencia liviana y su arriesgada sencillez. Son obras de vejez que muestran la sabiduría de sus creadores. En el caso de "Vicky Cristina Barcelona", Woody Allen muestra su escéptica visión respecto a naturaleza del amor y, como ocurre en muchas de sus películas, la pone en boca de sus personajes de manera casi sentenciosa. Aquí, la idea central del film no es otra que el hecho de que "el amor completo es inalcanzable". Por momentos, recuerda a uno de los cuentos morales del citado Rohmer sino fuera porque en ella hay muchísimo más humor y calidez que en las películas del francés. Humor y calidez que no esconden la tristeza final, por no decir pesadumbre, que transmite el conjunto. "Vicky Cristina Barcelona" es una película que se ve entre risas pero que se recuerda con melancolía. Como la vida misma.

A propósito de Ballard

“Nací en el Hospital General de Shanghai el 15 de noviembre de 1930, tras un parto difícil que a mi madre, de constitución delgada y caderas finas, le gustaba describirme años más tarde, como si aquello revelara algo sobre la desconsideración del mundo. Mientras cenábamos solía decirme que mi cabeza se había deformado mucho durante el parto, y creo que en su opinión ese detalle explicaba en parte mi carácter rebelde en la adolescencia y la juventud.” (“Milagros de la vida”, J.G. Ballard)


No sabemos si fue efectivamente a causa de ese sufrimiento fetal, pero posiblemente el truculento relato materno inoculó en Ballard el gusto por la realidad más descarnada. También debió contribuir a ello el hecho de que el autor pasara parte de su infancia, de 1943 a 1945, preso en un campo de concentración japonés, experiencia que después reflejó en su novela “El imperio del sol”, y que más tarde llevaría al cine Steven Spielberg. Lo que sí podemos constatar es que la obra literaria de James Graham Ballard, paradigma del escritor de culto, hace tiempo que anticipa y diseca el universo en el que ahora mismo vivimos. Ya en una de sus primeras novelas, “El mundo sumergido” (1963), imaginaba las consecuencias de un calentamiento global que provocaba que los casquetes polares se derritieran. Su imaginación visionaria creció en los ámbitos de la ciencia ficción onírica y subjetiva, y en los 60 era ya un autor de referencia de la llamada nueva ola de la ciencia ficción inglesa. Pero poco a poco, Ballard se va decantando hacia un aséptico hiperrealismo: en el fondo, como apunta Jordi Costa, comisario de la exposición “JG Ballard. Autopsia del nuevo milenio”, siempre ha hablado de lo mismo, de las claves de la contemporaneidad y de las patologías de nuestro futuro inmediato, como si estuviese efectuando la autopsia de un futuro que ha nacido muerto.

Precisamente esta exposición, que puede visitarse en el CCCB hasta el próximo 2 de noviembre, quiere ser un recorrido a través del universo creativo de Ballard: sus temas y obsesiones, su disección de la contemporaneidad, las huellas de su trayectoria vital en su obra de ficción, sus referentes artísticos y literarios y sus intuiciones, precisas y desencantadas, de una vida futura regida por los conceptos de la antiutopía aséptica y la catástrofe.
Para introducir al visitante en el universo ballardiano la exposición recorre a soportes muy diversos: instalaciones escenográficas, instalaciones audiovisuales, la biblioteca completa de Ballard, obras de artistas ballardianos y documentación varia. Además, la muestra coincide en el tiempo con la nueva edición de la Fiesta Internacional de la Literatura Kosmopolis 08, que se celebrará del 22 al 26 de octubre en el mismo CCCB, y por ello el festival incluirá un monográfico sobre el escritor.

Por si esto fuera poco, el pasado 12 de septiembre, la editorial Mondadori publicó “Milagros de la vida”, la interesante autobiografía del escritor, que empieza con la descripción de su nacimiento que encabeza este post y acaba con el estremecedor anuncio del cáncer que padece.
No sé vosotros, pero yo pienso sumergirme de lleno en este otoño ballardiano, y para que vayáis haciendo boca os dejo con un extracto del credo del autor que abre la estupenda exposición del CCCB: “Creo en la imposibilidad de la existencia, en el humor de las montañas, en la absurdidad del electromagnetismo, en la farsa de la geometría, en la crueldad de la aritmética y en el intento criminal de la lógica.
Creo en la no existencia del pasado, en la muerte del futuro y en las
infinitas posibilidades del presente.
Creo en los olores corporales de la princesa Diana.
Creo en los próximos cinco minutos.
Creo en la ansiedad, la psicosis y la desesperación.
Creo en la muerte de las emociones y el triunfo de la imaginación.
Creo en Tokio, Benidorm, La Grande Motte, Wake Island, Eniwetok, Dealey Plaza.”



J. G. Ballard

"EL TURISTA ACCIDENTAL" (John Williams, 1988)

Salvo excepciones, la música que escribió John Williams para "El turista accidental" fue mal recibida. De ella se dijo que era tan gris, aburrida y sosaina como el propio protagonista del film. Nadie se atrevió a cuestionar la pertinencia de su estilo, toda una serie de variaciones sobre un único tema hechas para describir la rutina vital de un hombre gris. El resultado no gustó porque no era fácil reconocer en él al autor de las fanfarrias de "Star Wars". Pero debo decir que a mí ese resultado me chifló: porque lo que muchos consideraron una música aburrida y descafeinada para mí era una música deliciosa. Tan elegante como extraordinaria. Y cada cual con su adjetivo.

En la filmografía de Williams, "El turista accidental" es un punto y aparte: se puede decir que, con ella (y con el precedente de "El imperio del sol" y "Las brujas de Eastwick"), Williams dio carpetazo a su década más famosa, aquella que va de "Tiburón" a "Indiana Jones y el templo maldito", años en los que se encumbró como el compositor más popular de Hollywood al mismo tiempo que llegó a imponer un estilo musical en la industria del cine, el del sinfonismo romántico. Son los años de la trilogía de "Star Wars", los años de "Superman", "En busca del arca perdida" y "ET" (porque, dentro de sus partituras más míticas, "Tiburón" y "Encuentros en la tercera fase" son otra cosa). Son los años en los que no solo llegó a imponer un estilo musical en Hollywood sino que también se lo impuso a si mismo.

Con "El turista accidental", Williams recuperó parte de la versatilidad musical perdida al negar las características más reconocibles de sus obras más famosas: continuó con la gran orquesta, sí, pero poniéndola al servicio de un único tema, de carácter intimista; el abundante torrente musical de las obras previas era, aquí, un modelo de contención. La música de "El turista accidental" es discreta, casi etérea y de una delicadeza sorprendente. De ahí que los fervorosos de lo que algún crítico bautizó como el sonido galaxial de Williams se sintieran decepcionados por el supuesto cambio de rumbo del autor. Un cambio que no era tal porque Williams, ya antes de "Tiburón" y después de "El turista accidental", había sido capaz de demostrar su talento en propuestas musicales de lo más dispar: "Jane Eyre", "Imágenes", "Vida de estudiante", "Nacido el 4 de julio", "JFK", "La lista de Schindler", "Rosewood", "Inteligencia artificial"… son ejemplos de una larga lista.

Es cierto que ni siquiera durante sus años de mayor repercusión popular Williams abandonó del todo su interés por ampliar el repertorio de estilos: "Superman" convivió con "La furia", "1941" con "Drácula", "ET" con "Monseñor" y el segundo Indiana Jones con "The river". Pero a partir de 1988, no dejaron de aumentar las propuestas que se alejaban del sonido galaxial, muchas de las cuales serían tan mal recibidas como lo fue en su día "El turista accidental".