16/7/08

"Youth without youth" (Francis Ford Coppola, 2007)

Lo más fácil a la hora de empezar a escribir alguna cosa sobre la película “Youth without youth” sería decir que sigue sin ser estrenada, lo que la convierte en una representante más, y de las más interesantes, de ese cine invisible del que se hace eco el recomendable último número de la revista Cahiers-España. Lo insólito del caso es que se trata de una película de Francis Ford Coppola, lo que demuestra que ni siquiera se libran de la invisibilidad los apellidos ilustres como el suyo (menos mal que bendita, Mula, tú eres, entre todas las redes).
Por lo que sé, “Youth without youth” sólo se ha visto, dentro de Europa, en Francia, Inglaterra e Italia. En los Estados Unidos la distribuidora Sony Classics sólo la ha estrenado en dos ciudades. Y en uno y otro lado del Atlántico las críticas han sido un completo desastre. De ella se ha dicho que es una película soporífera, deprimente, incomprensible, impenetrable y, mejor aún, una no-película. De entrada, sorprende que haya tanto crítico y gacetillero cinematográfico que tenga una idea tan clara de lo que es el cine y, por lo tanto, de lo que no lo es; que tenga la convicción de que el cine, si se tiene que parecer a algo, es a una idea (rígida) de novela. Para esos críticos, cualquier tentativa nueva es una afrenta. Para ellos, el cine es Ildefonso Falcones. Pero nunca John Cage o Haroldo de Campos.
El desconcierto y el rechazo que ha provocado la última película de Coppola seguramente no quitará al sueño a su director, que bastante acostumbrado está a que sus películas se valoren con el tiempo. De hecho, lo que Coppola pide al público es tiempo, que es justo lo que recibe Dominic Matei, el protagonista de su film.

Es cierto que “Youth without youth” es una peli de difícil acceso. Una sinopsis no daría cuenta de su complejidad y riqueza. Basada en una novela de Mircea Eliade, en ella se barajan cuestiones como el origen del lenguaje, el origen de la conciencia humana, la fuerza del amor y la debilidad de todo ello ante la apisonadora del tiempo. En más de un aspecto recuerda a “Drácula”, lo que demuestra que la ópera que orquestó sobre el famoso personaje de Bram Stoker era un trabajo más personal de lo que se dijo en su estreno. Y, curiosamente, a pesar de no pertenecer a ningún género (o, en todo caso, al género del cine de autor), “Youth without youth” tiene mayor enjundia fantástica que la peli que hizo sobre el sanguinario Vlad Teples.

“Youth without youth” merecería una larga parrafada que ahora no puedo hacer. Me limitaré a dejar apuntado que en ella Coppola vuelve a practicar su autobiografismo encubierto, como hizo en películas como “Tucker”. El film se abre con la siguiente frase: “A veces admito que es posible que nunca llegue a culminar mi trabajo”. ¿Y cuál es ese trabajo?. En el caso de Coppola sospecho que, más que dirigir una obra maestra, se trata de revolucionar el cine. Yo de él no me preocuparía porque obras maestras las tiene y con algunas abrió una brecha. Y aunque “Youth without youth” no se mueva en la órbita de las películas perfectas sí que lo hace en la de las películas extraordinarias.

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